¿HUMOR NO COMPROMETIDO?

Hace tiempo que los miembros de esta Sociedad debatimos sobre los límites del humor, qué es lo políticamente correcto a la hora de hacer chistes, o si es recomendable ser crítico con el poder reinante para ser considerado un intelectual digno de ser leído. Al final, como seguramente ya ha intuido el Visitante del Futuro, hemos llegado a una unánime conclusión: el arte (el humor para nosotros es un tipo de arte) debe entretener por encima de todo. Si además te hace pensar, mejor que mejor. Porque si el receptor no se divierte, la batalla está perdida.

Sin embargo, a veces la crítica no es justa con quienes gustan de entretener con un humor suave o no comprometido intelectualmente. Pero cuando lo que se crea es de calidad, las ideas se abren camino y la gente lo consume, tenga la etiqueta que tenga. Porque la sutileza no es siempre del todo inocente… y se termina haciendo historia.

Esto es lo que ocurrió a un grupo de hombres entre la II República y la Posguerra. Debido a su adscripción al bando nacional y a que su actividad fue desarrollada en la industria del entretenimiento, y cultivando sobre todo el humor, no fueron incluidos por lo general entre la nómina de intelectuales de la época. Optaron por un humor no comprometido políticamente, y desde sus posiciones de privilegio criticaban sin aspereza las costumbres de la misma burguesía de entonces, como la cursilería y absurdo. Convertían lo cotidiano en insólito, ridiculizaban los convencionalismos sociales, escribían diálogos brillantes con una sátira amable, razonamientos absurdos y apuntes irónicos. Cultivaron todos los géneros: teatro, poesía, novela, cine, pintura… pero destacaron sobre todo como humoristas gráficos.

Los estudiosos actuales les llaman “la otra Generación del ‘27”, la menos considerada, la que estaba integrada no por poetas sino por humoristas, por escritores de humor. En esa generación encontramos a Antonio de LaraTono”, Edgar Neville, Jardiel Poncela, José López Rubio y Miguel Mihura. Todos son de extracción burguesa pero, aunque se sentían de derechas, apenas hablaban de política y no se significaron en el Madrid de preguerra.

Bajo la influencia de Ramón Gómez de la Serna  y sus greguerías, su humor era blanco, absurdo, con una marcada tendencia por lo inverosímil. En los últimos años ’20 todos ellos publicaban dibujos y artículos en las revistas “Buen Humor” y “Gutiérrez”, y frecuentaban la tertulia de la Granja del Henar, en la calle Alcalá.

Cuando llegó la guerra, sin embargo, las cosas cambiaron, y Tono y Mihura pasaron a dirigir “La Ametralladora”, una revista de propaganda política del bando nacional, que se distribuía en el frente y satirizaba con pocas contemplaciones – y escasa sutileza – a los izquierdistas. Entre 1937 y 1939,  se publicó este semanario humorístico, durante el sitio de Madrid. La importancia de “La Ametralladora” en el sector de la prensa española de humor no se debe tanto a su duración en el mercado como a su condición de fermento del que después habría de transformarse en la revista humorística más significativa de su siglo: “La Codorniz”. “La Ametralladora” pertenece al grupo de publicaciones bélicas aparecidas durante la guerra civil, cuyo propósito, en principio, era denigrar al máximo al bando contrario. Pero cuando Miguel Mihura se hace cargo de la publicación, empezó a abrirse camino otro humorismo nuevo de irradiación vanguardista. Progresivamente se va implantando un humor blanco, insospechado en una revista de ese cariz.

En 1941 aparece “La Codorniz”, cuyo propietario y director fue Mihura y en sus páginas continuaba el humor vanguardista ya ensayado tres años antes en La Ametralladora por él y sus principales colaboradores: Tono, Neville, Herreros y Álvaro de Laiglesia. Durante una primera época (1941-1944), su humorismo innovador, surrealista, absurdo y desconcertante provocó irritación y entusiasmo irreprimible por partes iguales. Fueron muy conocidas las famosas “tonerías” o cosas de Tono que también escribe sus “fotos con pie” en las que el texto contrasta con la imagen por absurdo; los cuentos idiotas de Mihura, los teatritos y dramas despendolados, los sonetos del Vate Pérez (Edgar Neville), las “bonitas canciones de La Codorniz“(en las que la letra sirve de pie a fotografías incongruentes elegidas con mucha inteligencia), y algunas columnas como “Las charlas de doña Merenguitos“.

Para la despedida de Mihura, nada mejor que un autoretrato de Neville.

Para la despedida de Mihura, nada mejor que un autoretrato de Neville.

En 1944 Mihura, de notable indolencia, aburrido y cansado por el trabajo agotador a que se veía sometido, vendió la propiedad de la revista. Esta fue editada hasta 1977, siendo sin duda, el semanario de humor de más fama y repercusión del siglo XX. En ella trabajaron humoristas de la talla de Nácher, Goñi, Mingote, Gila, Tilu, Chumy Chúmez, y José Luis Coll, todos ellos herederos de aquellos grandes del periodo bélico más triste de nuestra historia reciente, que aliviaron las penas de los españoles de forma sutil y más inteligente de lo que en un principio habría cabido pensar.

Por Shur Elena.

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