LOS ORÍGENES DEL ARTE FIGURATIVO: LAS CUEVAS DE ALTAMIRA

Corría el año 1868 cuando un cazador llamado Modesto Cubillas encontró una cueva en los aledaños de Santillana del Mar (Cantabria), al intentar liberar a su perro, que estaba atrapado entre las grietas de unas rocas por perseguir a una presa. Eran las famosísimas Cuevas de Altamira. En aquel momento, la noticia no tuvo la menor transcendencia entre el vecindario de la zona, ya que es un terreno caracterizado por poseer miles de grutas. Marcelino Sanz de Sautuola visitó a la cueva por primera vez en 1875, pero fue en 1879 cuando volvió con ánimo de excavar. Mientras permanecía en la boca de la gruta, su hija de 8 años se adentró hasta llegar a una sala lateral. Allí vio unas pinturas en el techo y corrió a decírselo a su padre. Sautuola quedó sorprendido al contemplar el grandioso conjunto de pinturas de aquellos extraños animales que cubrían la casi totalidad de la bóveda.

En 1880 publicó el hallazgo, atribuyendo las pinturas a la prehistoria, al periodo paleolítico. A pesar de su lúcido análisis, sus contemporáneos, desde diferentes perspectivas intelectuales, evolucionistas, creacionistas o los incrédulos prehistoriadores del momento, fueron incapaces de asumir su planteamiento. Altamira se sumió en el olvido. Fue en 1902, cuando el prehistoriador francés E. de Cartailhac, después de visitarlas, reconoció su valor original. A partir de este momento, la cueva de Altamira adquirió reconocimiento universal, convirtiéndose en un icono, en el destino quienes querían conocer el origen del hombre.

Este, Visitante del Futuro, es el relato de uno de los mayores descubrimientos de la historia. Porque no sólo se encuentra en este lugar uno de los yacimientos arqueológicos más antiguos de la humanidad, sino que es la prueba irrefutable de que la necesidad de representar el mundo que nos rodea, de forma figurativa o simbólica, es parte de nosotros desde los mismísimos albores de la condición humana. Y no sólo eso, sino que además, con las últimas dataciones (entre 35.000 y 13.000 años de antigüedad), tenemos ante nosotros un arte rupestre que parecería imposible a priori, puesto que el propio hombre de Neanderthal habría conseguido representaciones tan realistas y elaboradas que asustan. Una factura y comprensión complejas en un antepasado que creíamos simple y poco hábil para las actividades “contemplativas”.

Las más antiguas representaciones son grandes caballos de color rojo, de entre 150 y 180 cm de longitud, una mano en positivo y dos en negativo, y varias series de puntos. Posteriores son otras figuras de color negro, dibujadas con carbón: signos cuadrangulares, y “las máscaras” que son formas naturales de la pared a las que se han añadido ojos o boca, humanizándolas. El ciervo es la especie más representada, la mayoría son figuras grabadas.

Pero las figuras que dejan boquiabiertos a todos aquellos que tienen la suerte de adentrarse en estas cuevas, son los 25 grandes polícromos: caballos, bisontes que miden entre 125 y 170 cm de longitud, y la cierva, de más de dos metros. La técnica utilizada para las policromías no es nada desdeñable. Primero se grabó el contorno y se dibujó a línea negra con carbón; luego se rellenaron con pintura roja o amarillenta. En algunos bisontes se marcó con pintura negra el cambio de coloración de su vientre o se utilizó el lápiz de carbón para detallar el pelo o la joroba. Además, el grabado se utilizó en ojos, cuernos, pelo del cuello, etc. Se utilizan dos pigmentos: el negro de carbón y óxido de hierro rojo o pardo, aplicados directamente o disueltos en agua. La impresión de policromía viene dada por la incorporación del color de la roca para que rojo y negro no choquen cromáticamente. La sensación de realismo se consigue gracias a los bultos naturales del techo y las grietas, que se utilizaron para dar volumen o para dibujar el contorno de las figuras.

Para poder realizar los trabajos de la Gran sala, y por supuesto los del interior, la luz natural era insuficiente por lo que el autor o autores tuvieron que utilizar luz artificial y más concretamente fuego. En muchas pinturas se han encontrado huesos rotos bajo ellas, lo que es, para algunos de los expertos, prueba del uso del tuétano como combustible de las lámparas. En pruebas modernas se ha comprobado que esta médula con una mecha de fibras vegetales produce una iluminación grande, cálida y además sin humo ni olores.

Las interpretaciones que se han dado para el arte rupestre son infinitas, porque prácticamente nada sabemos de la prehistoria. Las representaciones rupestres de Altamira podrían ser imágenes de significado religioso, ritos de fertilidad, ceremonias para propiciar la caza, magia simpática, simbología sexual, totemismo, o podría interpretarse como la batalla entre dos clanes representados por la cierva y el bisonte, sin descartar el arte por el arte (aunque esta última posibilidad ha sido rechazada por algunos estudiosos ya que gran parte de las pinturas se encuentran en sitios de difícil acceso de las cuevas y por tanto de difícil exhibición). En todo caso, aunque es obvia la dificultad de conocer qué motivó al hombre paleolítico la realización de estas obras de arte parietal, sí se puede afirmar que la realización de las pinturas responde a un planeamiento, lo que implica un proceso cognitivo de reflexión para concluir qué pintar, dónde y cómo hacerlo, y distribuirlo; y existe casi acuerdo en que son símbolos ligados a la caza y la fecundidad. También parece claro la necesidad de una organización social para poder realizar obras de esta envergadura.

Da igual, Visitante. A nosotros lo que nos importa es que te haya quedado claro que, si la humanidad debe ser salvada, lo primero que hay que meter en la fórmula es el arte. Porque si no, el resultado distará mucho de parecerse a nosotros…

Anuncios