EL MANUSCRITO VOYNICH

Año 1912. Un Colegio de la Compañía de Jesús en las cercanías de Roma. Una crisis económica en ciernes que obliga a los Jesuitas a vender su única posesión: libros. Un coleccionista de origen polaco. El inicio de una leyenda que perdura hoy en día.

Entre la treintena de libros que Wilfrid M. Voynich compró a aquellos Jesuitas, se encontraba un manuscrito de unas 240 paginas dividido en seis secciones, indicadas por las bellas y extrañas ilustraciones que lo poblaban y que presentaba la curiosa característica de estar escrito en un idioma desconocido por Voynich del que se dice que hablaba cerca de 18 lenguas (las malas lenguas afirman que no dominaba ninguna). El coleccionista consultó a expertos lingüistas de la época que no supieron darle respuesta, por lo que terminó pidiendo ayuda en el año 1919 a William Newbold, Filósofo de la Universidad de Pensilvania cuya gran pasión era la criptografía, pasión que le llevaría a decodificar los mensajes de los espías alemanes durante la I Guerra Mundial. Newbold murió loco, quién sabe si a causa del Manuscrito, la filosofía o un espía alemán un poco mosqueado, no sin antes legar a la posteridad la teoría, tambien defendida por el descubridor del Manuscrito, de que Roger Bacon había sido el escritor del mismo, teoría que sería refutada en 1931 por John Matthews Manly, amigo del anterior y filólogo en la Universidad de Chicago.

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A pesar de la falsa teoría de Bacon, Newbold no logró descifrar ni una sola de las palabras del Manuscrito Voynich, razón por la cual, el testigo de su investigación sería tomado por William F. Friedman, uno de los mayores criptoanalistas de la epoca moderna al que se le debe la rotura durante la II Guerra Mundial del codigo PURPLE japonés, un código a la altura de la máquina Enigma aunque sin tantas películas. En las postrimerías de la guerra, Friedman reunió a un grupo de criptógrafos con el propósito de descifrar el Voynich. Se mantuvieron trabajando durante 2 años pero no obtuvieron resultados significativos. Casi 20 años después, Friedman volvería a reunir a otro grupo de expertos en diferentes materias para pelear un segundo round contra el enigma. En esta ocasión, el grupo de estudio contaba con un ordenador cedido por la Radio Corporation of America, pero la falta de fondos hizo que el equipo se disolviese sin haber logrado el descifrado. No obstante y a pesar de la aparente falta de éxito, Friedman hizo públicas una conclusiones al respecto. Primero, que el libro parecía haber sido escrito entre los años 1480 y 1520. Segundo y quizá más importante, que el lenguaje usado era sin lugar a dudas, una lengua sintética, esto es, un idioma diseñado por seres humanos a partir de una lengua natural. Para no extenderme en explicaciones que solo alargarían el post, baste decir que uno de los lenguajes construidos más famosos es el sindarín de J.R.R. Tolkien, aunque a diferencia del idioma del Voynich este último sí que cumple la Ley de Zipf, un principio que establece que en cualquier lenguaje humano la palabra más frecuente del texto aparece el doble de veces que la segunda más frecuente.

(Nota: No me preguntéis cómo pero la Ley de Zipf también ha servido para predecir el tamaño de grandes ciudades).

En contra de esta última teoría sobre el origen del lenguaje usado en el manuscrito, muchos han sido los que han opinado que el de Voynich no se trata de una lengua inventada sino que estaríamos ante un idioma europeo sometido a un algoritmo de desplazamiento de las letras que lo componen.

A partir de Friedman muchos han sido los criptógrafos profesionales y amateur que han intentado romper el código del Manuscrito Voynich sin éxito alguno, algo que no ha evitado, o que directamente ha provocado la publicación de cientos de libros que exploran las más diversas teorías sobre el significado y autoría del mismo. Hasta la fecha lo poco (o mucho) que se sabe es que el lenguaje utilizado tiene entre 20 y 30 letras, que el texto cuenta con 170.000 caracteres agrupados en 35.000 palabras ninguna de las cuales es mayor de 10 letras y que, como ya se ha apuntado, las ilustraciones dividen el manuscrito en seis secciones, a saber: herbología, biología, astrología, farmacia, alquimia y cosmología, dentro de la cual aparecen lo que podrían ser considerados prototipos de instrumentos ópticos. Sobre la autoría el misterio sigue estando vigente. El uso en el volumen de dos caligrafías apunta a la autoría de dos escritores, pero ¿cuales? A pesar de haber sido refutada, la teoría de Roger Bacon sigue vigente, aunque algunos han señalado como autor a John Dee, astrologo, matematico y poseedor de una extensa colección de escritos del primero. En medio de todas las investigaciones de las que el manuscrito ha sido objeto, se reveló que se habían borrado unas palabras de su primera pagina. Mediante sofisticadísimos procedimientos (creo que pusieron una hoja de papel cebolla encima de esa primera pagina y fueron pasando suavemente un lápiz), se descubrió que el texto borrado era el nombre de Jacobus Sinapius, médico de Rodolfo II del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero dado que Jacobus nació en 1575 y murió en 1622 se terminó por señalarle no como el autor, sino como el primer poseedor del enigma, un poseedor con la fea costumbre de escribir sobre los libros al que en algún momento le siguió la pista el propio Wilfrid M. Voynich, quién sabe si como cortina de humo que tapara los indicios que, como muchos opinan, le señalaran a él como autor del Manuscrito que le hizo celebre en un intento, imaginativo donde los haya, de impulsar su negocio.

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