TAMAN SHUD

Considerado uno de los misterios más misteriosos de toda Australia (échale huevos, como si la existencia de los ornitorrincos estuviese clara) el de Taman Shud suena tanto a película que me parece extraño que todavía no se haya rodado una.

El 1 de diciembre del año 1948 fue hallado en la playa de Sommerton, Australia, el cadáver de un hombre sin ninguna identificación. Uno de los policías que llegaron a la escena del crimen quiso ver en él uno de los supervivientes del Mary Celeste, pero enseguida fue expulsado del cuerpo. Como suele pasar en estos casos los investigadores de este tipo de acontecimientos tomaron la expulsión como un intento de silenciar la verdad, sea ésta cual fuese, pero ésa es otra historia que quizá merezca ser contada (cuando se me ocurra cómo continuarla).

Como iba diciendo (sorbito de agua… tosido… ordeno papeles… vuelvo a toser), el cadáver hallado en la playa de Sommerton carecía de identificación alguna y vestía de una forma habitual para la época. Excepción hecha de que tenia un cigarrillo detrás de la oreja y otro a medio consumir a su lado y que el cadáver no parecía haber sido movido, algo que constataron testigos presenciales, que la noche anterior le vieron en esta misma postura y pensaron que sufría lo que comúnmente se conoce como una borrachera de cojones, la policía no pudo sacar más información de aquella escena del crimen. Una vez en el depósito de cadáveres los patólogos hicieron una serie de descubrimientos a cada cual más intrigante. Por un lado lograron determinar que el traje que vestía el cadáver procedía de los EEUU… vale, esto quizá sea poco intrigante. Pero lo siguiente sí que os va a dejar patidifusos (sí, utilizo la palabra “patidifuso”): todas las etiquetas de la ropa que llevaba habían sido arrancadas… Si las etiquetas de los años 40 picaban tanto con las actuales o eran tan grandes como las del H&M, al menos parte del misterio deja de serlo, pero en aquellos entonces este dato fue tomado con auténtica sorpresa por la policía. La posterior autopsia revelo lo siguiente (y cito):

El corazón estaba en su tamaño normal, y normal en todos los demás aspectos (…) los vasos pequeños que normalmente no se observan en el cerebro eran fácilmente discernibles con la congestión. La faringe estaba congestionada, y el esófago se cubrió con el blanqueamiento de capas superficiales de mucosa con un parche de ulceración en medio de ella. El estómago estaba congestionado profundamente (…) No había congestión en la segunda mitad del duodeno. Había sangre mezclada con la comida en el estómago. Ambos riñones estaban congestionados, y el hígado contenía un exceso de sangre en sus vasos. (…) El bazo era enormemente grande (…) alrededor de tres veces su tamaño normal (…) hubo destrucción del centro de los lóbulos del hígado revelados bajo el microscopio. … hemorragia gástrica aguda, congestión extensa del hígado y el bazo, congestión cerebral.

O resumiendo, la víctima había sido envenenada. El único problemilla era que no encontraron restos de ningún veneno, o al menos de ningún veneno conocido, lo cual se sumaba a que seguían sin saber quién había muerto, ya que la difusión de las fotografías del cadáver así como de las huellas dactilares y registro dental no arrojaron ningún resultado positivo.

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Dada la ausencia de identificación del hombre de la playa de Sommerton, las autoridades australianas decidieron embalsamar el cuerpo a la espera de que alguien lo reclamase, lo cual supuso la primera vez en la historia de la policía australiana en que se utilizaba ese procedimiento. El 14 de enero de 1949 apareció en la Estación de Trenes de Adelaida una maleta que había sido propiedad de este misterioso hombre, pero al igual que todo lo relacionado con este caso, esta pista también sería un callejón sin salida ya que tanto a la propia maleta como a las ropas que contenía se les había arrancado las etiquetas (que manía oye).

A partir de aquel momento y aunque la identidad de este hombre siga siendo uno de los mayores misterios de Australia , las autoridades y los medios de comunicación, quién sabe si centrados en entender la existencia del ornitorrinco, dejaron de prestar atención al asunto. Sabedores de que nadie iba a reclamar el cadáver y conscientes de lo que ocupa un cuerpo humano, se decidió dar santa sepultura al desconocido. Pero antes de hacerlo y demostrando una perspicacia que haría sonrojar al mismísimo Sherlock Holmes, la policía descubrió (oh, cielos, ¿cómo se nos ha podido pasar?) un bolsillo secreto en los pantalones del finado. Dentro de este bolsillo encontraron sólo un trozo de papel con las palabras “Taman Shud” impresas. El descubrimiento dio para poco más que para bautizar el caso, aunque no deja de ser cierto que las pesquisas que se realizaron sobre el hallazgo determinaron dos cosas. La primera que se trataba de una hoja de papel arracada de un libro. La segunda y que serviría de llave a posteriores acontecimientos fue que el libro del que había sido arrancada era una colección de poemas persas titulada The Rubaiyat of Omar Khayyam. La policía intentó interrogar al autor del libro, pero dado que había fallecido allá por el año 1131, ésta también fue dada por una pista estéril hasta que se descubrió que el libro al que pertenecía la hoja era un edición bastante extraña de la que había pocos ejemplares en circulación. Al igual que pasara con las fotografías del muerto, la policía solicitó ayuda a la ciuadadanía, esta vez con mejores resultados. Un hombre que prefirió mantenerse en el anonimato entregó a la policía un ejemplar del raro ejemplar. El testigo afirmaba haberlo encontrado en la parte trasera de su coche, el cual había dejado estacionado sin llave en las inmediaciones de la playa de Sommerton el día anterior al descubrimiento del cadáver. La policía halló suficientes indicios como para afirmar sin riesgo de duda que el pedazo de papel encontrado en la ropa de la víctima pertenecía al ejemplar entregado por aquel anónimo testigo. Lejos de aclarar la situación, este hallazgo sumergió más en la oscuridad el misterio de Taman Shud. En la contratapa del libro, alguien había escrito una serie de palabras que consigno aquí por si alguien logra lo que no logró la policia australiana:

WRGOABABD
MLIAOI
WTBIMPANETP
MLIABOAIAQC
ITTMTSAMSTGAB

Al traductor de Google le quedaban todavía unos años para nacer asi que la policía australiana se entregó en cuerpo, alma y placa a descubrir qué significaban aquellas palabras hasta que cayeron en la cuenta de que no pertenecían a ningún idioma conocido. Sagaces como ya habían demostrado ser, coligieron que debía tratarse de un código y redoblaron esfuerzos para saber qué coño decía. Como podeis imaginar, este mensaje secreto todavía no ha sido descifrado a día de hoy. Se sospecha que el patrón del codigo se encontraba en el propio libro y nuestros modernos ordenadores quizá podrían haber ayudado más que el intelecto de los australianos, pero allá por los años 50 el raro ejemplar del que se había arrancado la página se perdió y no se ha encontrado ningún otro ejemplar. No obstante antes de hacer su desaparición del escenario la colección de poemas persas daría una última pista en forma de número de teléfono escrito en una de sus páginas, lo cual me lleva a pensar que tratándose de una rara edición el cadáver o quien quiera que fuese el que llenó el ejemplar de anotaciones, no sentía mucho cariño por los libros.

(Niños, no os chupéis un dedo para pasar de página ni dobléis las hojas para señalar por dónde vais, ni mucho menos escribáis en ellos, los libros hay que cuidarlos).

El teléfono pertenecía a una mujer, ex – enfermera durante la II Guerra Mundial para más señas, que vivía a unos 400 metros de la playa de Sommerton. Tras un careo con las fotos de la víctima declaró no conocer al finado pero si confesó haber sido propietaria de un ejemplar de la extraña edición del The Rubaiyat of Omar Khayyam que en 1945 había regalado a un teniente de la Armada Australiana llamado Alfred Boxall. La policía australiana ya estaba abriendo botellas de champán y dándose palmaditas en la espalda por haber resuelto el misterio cuando el tal Boxall apareció vivito, coleando y con su ejemplar del The Rubaiyat intacto, algo que echó la última palada de tierra sobre la identidad de aquel desconocido cuyo cadáver se encontró en aquella playa australiana. No obstante este hecho no enterró la sospecha de que aquella mujer conocía al fallecido, gran deducción si tenemos en cuenta que su número de teléfono aparecía anotado entre las escasas pertenencias del cadaver, a pesar de lo cual jamás se indagó más en esa línea dejando el misterio sin resolver hasta nuestros días.

¿Hasta nuestros días? No. En el año 2009 una universidad (la de Adelaida más concretamente) poblada por irreductibles estudiosos se resiste a que no se desvele el misterio. Por razones que todavía no están claras, pero que de forma más que evidente apuntan hacia el aburrimiento de dicho equipo, reabren el caso analizando las fotografías del cadáver así como el informe de su autopsia y descubriendo que el hombre de la playa de Sommerton presentaba una serie de malformaciones genéticas tanto en sus orejas como en sus incisivos laterales. Estas malformaciones solo se dan en un 2% de la población por lo que el equipo universitario se decidió a seguir esa última pista del misterio analizando fotografías del hijo de aquella exenfermera cuyo número de teléfono aparecería 60 años antes y que afirmó no conocer al fallecido. El resultado de este análisis es fácil de imaginar, el hijo de aquella mujer presentaba las mismas malformaciones por lo que se le solicitó una prueba de ADN a la que el hombre se negó aduciendo la circunstancia de que estaba muerto. El equipo de investigación pidió al Gobierno permiso para exhumar el cadáver, a lo cual éste se negó diciendo “hace falta una razón de interés público que vaya más allá de la curiosidad de la gente o el interés científico para tal maniobra” o lo que es lo mismo, “hagan algo de provecho como estudiar al ornitorrinco”.

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