KASPAR HAUSER

Si en el misterio de Taman Shud teníamos la historia de un cadáver sin nombre, en este misterio nos encontramos un nombre sin historia, la de Kaspar Hauser. Tal vez en honor a la verdad debamos decir que la de Kaspar Hauser no fue una vida sin historias, todo lo contrario, pero el no saber cuál de todo ese elenco es la real y cuál la ficticia, nos obliga en cierta forma a darlas todas por falsas y mantener la existencia de este protagonista involuntario en la leyenda que a su alrededor se creó.

hauser

El turista que viaje a Baviera y le de por visitar el palacio de Ansbach, se encontrará con un pilar en el que está inscrita la leyenda: “Aquí fue asesinado un desconocido de forma desconocida” haciendo un enorme spoiler de esto que os estoy relatando y dando fe del fin de una historia que comenzó el 26 de mayo de 1828 cuando un adolescente de unos 16 años llegó andando a una plaza de Nuremberg repitiendo constantemente a cualquier pregunta que se le hiciese: “un jinete tal como mi padre es lo que yo quiero ser”. El adolescente presentaba la capacidad intelectual de un niño pequeño, por lo que se le etiquetó como uno de esos niños salvajes que de forma tan desafortunada nos hizo conocer al gran público la película de Jodie Foster, Nell. Ademas de sus ropas, raídas como es lógico suponer, el niño sólo llevaba encima dos cartas en las que se identificaba a su madre como una criada. Así mismo en aquellas cartas se citaba el 30 de abril de 1812 como su fecha de nacimiento y se daba constancia del nombre que le haría pasar a la historia sin tener él una propia, y que el propio Kaspar escribió en una hoja de papel a petición de uno de los policías que se hicieron cargo de él en primer término.

Hasta le hicieron una película. Como a Ghandi!

Hasta le hicieron una película. Como a Ghandi!

Llegados a este punto es importante recordar que por muy civilizados que hoy en día nos parezcan, los alemanes han sido unos burros toda su puta vida. Muestra de ello son sus comidas típicas, las 2 Guerras Mundiales que provocaron el pasado siglo o que los vecinos de Nuremberg acudieran a alimentar al chaval como si de un animalico se tratase, y todo porque el alcalde de la ciudad, haciendo honor a una larga lista de gobernantes alemanes cuando menos impúdicos, publicó un bando en el que identificaba a Hauser con el “buen salvaje” de Rousseau. Del trato que se le dispensaba a Kaspar Hauser se enteró un Garzón de la época, un jurista de nombre Anselm von Feuerbach que liberó de forma literal al “salvaje” y encomendó su custodia a un tal Georg Friedrich Daumer, poeta, filósofo, enemigo acérrimo del cristianismo y según se cuenta, con una marcada inclinación por el esoterismo. En manos de Daumer y con Feuerbach como tutor legal (no está de más mencionar que ambos publicaron libros sobre el pobre chaval tras su asesinato), varios expertos en educación intentaron sin éxito que Kaspar Hauser se comunicase como correspondía a una persona de su edad. Descubrieron no obstante una serie de indicios que les llevaron a afirmar que el joven había pasado toda su vida en cautiverio. Saber que Kaspar sólo se alimentaba de pan y agua, y que el resto de alimentos le daban asco, nos demuestra por un lado lo perspicaces que eran en la época y por otro lo cabrones que pueden llegar a ser los alemanes.

El 14 de diciembre de 1833, cinco años después de haber salido a la luz, Kaspar Hauser se sumiría en una eterna oscuridad (no me digáis que esta contraposición literaria de luz/oscuridad no os ha dejado los pelos de punta) al sufrir una cuchillada, trapera donde las haya, en los jardines del palacio de Ansbach donde comenzábamos unas líneas más arriba esta historia sin historia. Hubiera sido una cruel broma del destino saber la motivación del asesino mientras que de su víctima poco se sabía más allá de su predilección, obligada, por el agua y el pan, así que los hados decidieron enterrar cualquier signo que ayudase a descubrir esos ocultos “por qués” que impelieron a un ser humano a emular a la parca…

Vamos, que no se sabe quién mandó a Kaspar Hauser al camposanto y mucho menos el motivo de hacerlo, lo cual dio mucho de que hablar en la época, señalándose las más de las veces, y como si de una novela de Dumas se tratase, a intrigas palaciegas como detonante del misterio de Hauser.

¿Preparados para la clase de historia?

Alemania no siempre ha sido Alemania. De hecho hasta 1871 que se estableció la unificación del Imperio Aleman, este país que tantos disgustos ha dado a la vieja Europa no era sino una cantidad ingente de reinos, ducados y principados con un interés común que en aquellos entonces no sé cuál sería pero que, a la luz de los acontecimientos posteriores, se desvelaría como el intento de conquistar el mundo. Como todos sabemos, las luchas por la sucesión en aquellos tiempos eran complicadas algunas veces, sangrientas las otras y complicadas y sangrientas la inmensa mayoría. No como en España, que siempre se ha sabido que a un Rey le sustituiría otro peor todavía. El caso es que entre esa ingente cantidad de reinos que conformaban la futura Alemania existía uno llamado Baden en el que lo de la sucesión hizo palidecer en lo que a muertes se refiere a la ofensiva del Tet en la Guerra de Vietnam. Carlos Federico I de Baden, ejercido su cargo de Gran Duque durante la friolera de 73 años, muriendo a la edad de 83 en 1811. Durante todo ese tiempo de vida tuvo la friolera de 9 hijos, 4 de ellos de su primera mujer y 5 de su segunda. Teniendo en cuenta que el primero de los hijos de sus segundas nupcias lo tuvo con 62 años y el último con 68 años no es arriesgado decir que al abuelo le iba la marcha. Con tal cantidad de hijos, el chocho de la sucesión estaba más que asegurado a la muerte del Gran Duque, máxime cuando los hijos de su segundo matrimonio ni siquiera se encontraban en la línea sucesoria algo que no impidió que finalmente en 1830, 19 años después de que falleciese su padre, ascendiera al poder Leopoldo I primogénito de aquel segundo matrimonio, no sin antes sortear los cadáveres de los seis miembros de la familia que le precedían en su carrera hacia el trono.

¿Y qué pinta Kaspar Hauser en todo esto?

Las teorías que ya empezaron a sonar en la época señalaban la identidad de este niño salvaje como el último en la línea sucesoria del trono de Baden antes de Leopoldo I, quien enterado de su identidad y ante la imposibilidad moral de asesinar a un crío, habría optado por la más humanitaria alternativa de encerrarle a pan y agua. En 1996 la revista alemana Der Spiegel (¿te pensabas que los alemanes no escribían sobre gilipolladas?) hizo analizar los restos de sangre encontrados en unos calzoncillos que supuestamente pertenecieron al misterioso adolescente, desvelándose que no pertenecía a la familia real de Baden. No contentos con los resultados y dudosos de que la prenda interior perteneciese al posible heredero, la televisión pública alemana encargo en 2002 un nuevo análisis de ADN esta vez de un mechón de pelo, que si bien no arrojó resultados determinantes, sí que sembró la duda al afirmarse que no se podía descartar que Hauser perteneciese a la familia real, cuyos actuales desecendientes se negaron y se siguen negando a abrir el panteón donde descansan los restos de Kaspar Hauser y quién sabe si junto a su cadáver el resultado de la incógnita.

Anuncios