El SS OURANG MEDAN

Si después del misterio del Mary Celeste todavía os quedan ganas de surcar los mares a bordo de un bergantín o similar, espero que la siguiente historia os haga recapacitar sobre vuestra insensatez.

Corría junio del año 1947. El fin de la Segunda Guerra Mundial había hecho olvidar a marinos y marineros lo peligroso de su profesión, cuando dos buques comerciales de bandera estadounidense que atravesaban el estrecho de Malaca entre Sumatra y Malasia, recibieron el siguiente mensaje:

Todos los oficiales, entre ellos el capitán, han muerto tendidos en el cuarto de mando. Posiblemente toda la tripulación este muerta.

Siguieron una serie de señales de Morse indescifrables tras las que cayó un manto de silencio en las comunicaciones.

De los dos buques que recibieron el SOS, el que se encontraba más cerca fue el Silver Star, cuyo capitán, bastante alarmado, hizo las indagaciones que le llevaron al convencimiento de que el barco que había emitido el dramático mensaje era el holandés SS Ourang Medan hacia el que puso rumbo dispuesto al rescate.

A medida que los dos buques se aproximaban, la tripulación del Silver Star pudo percibir una absoluta carencia de señales de vida a bordo del buque holandés. Cuando el grupo de rescate abordó el Ourang Medan las peores sospechas de los americanos se hicieron realidad: todos los tripulantes del barco abordado estaban muertos presentando unos ojos desmesuradamente abiertos. A juzgar por las facciones de horror que presentaban los cadáveres, habían muerto presas del más profundo terror, incluido el perro que viajaba en el barco y el oficial de comunicaciones que había muerto sobre el telégrafo desde el que mandó su último mensaje. La inspección del buque hizo descubrir a los estadounidenses más cadaveres en la sala de calderas y en la bodega, donde además afirmaron haber sentido un frío que no se ajustaba a la temperatura que debía tener esa parte del buque, máxime cuando fuera de la bodega se sentía un profundo calor. Tras un breve vistazo por el barco, el capitán del Silver Star decidió remolcar a puerto al buque holandés. Una vez iniciada la maniobra, se observó que de la cubierta inferior número 4 salía un humo que no hacía presagiar nada bueno por lo que el capitán dio orden de soltar el buque remolcado, operación que se hizo “in extremis”, habida cuenta de que pocos segundos después el Ourang Medan estallaba provocando un veloz hundimiento que enterraría bajo toneladas de agua las respuestas a este misterioso misterio.

1La historia del Ourang Medan fue publicada por primera vez de forma oficial en 1952 dentro de las “Actas del Consejo de la Marina Mercante”, momento a partir del cual muchos investigadores (no tantos como con el Mary Celeste) intentaron desentrañar lo que ocurrió con el buque holandés. Uno de ellos fue Morris K. Jesup, nombre que no os sonará de nada pero que fue uno de los creadores divulgadores del Experimento Filadelfia, algo que os sonará más si habeís visto la película de homónimo título. Jesup afirmaba que los tripulantes del Ourang Medan habían muerto víctimas de un ataque extraterrestre, aunque a falta de entrevistas con los mismos, no pudo determinar las razones de la masacre. Otros investigadores alumbrados por una fría lógica sustentada en las caras de terror de los cadáveres, apuntaron a la visión de un fantasma como causa de la muerte. Con estos antecedentes es lógico entender que la del historiador Roy Bayton sea la teoría más tomada en serio sobre el barco holandés. Interesado desde la publicación de las actas de 1952, Bayton se embarcó (nunca mejor dicho dado el caso) en hallar la verdad que se escondía tras el Ourang Medan y fue justo cuando desfallecía en su empeño cuando contactó con él un profesor alemán, que a su vez condujo al historiador a un opúsculo escrito en 1954 por un tal Otto Mielke (si Jesup os sonaba poco este ni os cuento) en el que se desvelaban datos que hasta aquel momento habían permanecido ocultos, tales como el nombre del capitán, potencia de los motores del buque y la pista más esclarecedora, la carga del mismo que según Mielke podría tratarse de cianuro de potasio y nitroglicerina. Como ya he comentado alguna vez, yo de química poco, pero según he podido leer la mezcla de ambas sustancias es literalmente “la hostia” en lo que se refiere a capacidad destructiva. Algo que me lleva a preguntarme, ¿a qué iluminado se le ocurre meter semejante carga en un barco?

Como apelar a la lógica en lo que al ser humano se refiere es a veces un ejercicio de estilo difícil de defender, haré uso de los testimonios de los tripulantes del Silver Star para poner en duda esta teoría, ya que según afirmó el equipo de abordaje no percibieron en el Ourang Medan ningún olor que no fuera el propio de un barco. Vale que como prueba no tiene gran peso, pero algo de convincente debe ser cuando el propio Bayton no hizo mucho caso sobre este cargamento y lanzó otra hipótesis que, aunque ahondaba en el transporte de sustancias peligrosas, incluía a los japoneses que es algo que acojona y mucho viendo el cine que hacen. Según Bayton, la carga del Ourang Medan consistía ni más ni menos que en armas químicas y biológicas creadas por el Escuadrón 731, un programa encubierto del Ejercito Imperial Japones que bajo el nombre oficial de Laboratorio de Investigación y Prevención Epidemica del Ministerio Político Kempeitai, desarrolló su actividad durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa y la Segunda Guerra Mundial, llegando a utilizar como conejillos de Indias a población civil china. Podría repetiros aquí lo del olor que no percibieron los rescatadores del Silver Star, pero voy a optar por otras razones más eruditas para poner en duda esta teoría. Al frente del Escuadrón 731 estaba un microbiólogo japonés llamado Shiro Ishii que fue arrestado al final de la Segunda Guerra Mundial y acusado de crímenes contra la humanidad. Ishii nunca colgó de una soga como debería haber sido su destino y ni siquiera pisó la carcel, ya que el General de los EEUU Douglas MacArthur intercedió por él proporcionándole inmunidad a cambio de las investigaciones que el científico (por llamar de alguna forma a este hijoputa) había desarrollado. Habida cuenta de que Ishii vivió casi el resto de su vida en los EEUU y que tenía el OK de los americanos para la fabricación de este tipo de armas, no está de más preguntarse por qué pelotas nadie se iba a arriesgar a fabricar en un sitio y transportar a otro materiales altamente peligrosos, cuando podían haber desarrollado el arsenal biológico en cualquiera de los desiertos del país.

Como he dicho antes, las investigaciones de Bayton comenzaron a dar sus frutos justo cuando éste estaba a punto de tirar la toalla. Los más perspicaces quizá os hayáis preguntado cuáles pudieron ser los motivos para este amago de abandono que el historiador se marcó (el resto simplemente habréis hecho scroll para ver cuánto os queda de entretenida lectura). La razón que estuvo a punto de hacer desfallecer a Bayton y por la que felizmente para la venta de sus libro sobre el tema no se dejó vencer, no fue otra que no encontrar registro alguno de la existencia del barco de marras. Como lo oís. Según el mismo autor se dirigió a las compañías aseguradoras de buques mercantes, al Ministerio de Marina de Reino Unido y al Museo Nacional Marítimo de Greenwich, que le redirigieron a las autoridades marítimas holandesas (lógico dada la bandera con que navegaba el barco siniestrado). Asimismo contactó con la Autoridad Portuaria de Singapur por ser la zona en que se hundió, que le vino a decir lo mismo que le dijeron todas las anteriores instituciones marítimas: “¿Ourang qué?”. No sólo eso. Si bien es cierto que Bayton encontró el Silver Star, no deja de serlo que en sus registros no halló referencia alguna al rescate del que fueron protagonistas. Resumiendo, el Ourang Medan tiene poca pinta de haber existido y aunque ante esta carencia de evidencias muchos hubieran llegado a la conclusión de que lo del barco holandés hundido junto a su tripulación muerta del más puro terror no era más que un bulo o una extraña broma, se dice que Bayton acababa de tener un segundo hijo y que el sueldo de historiador no daba para mucho. Es por esta razón que se vio obligado a sacar el libro sobre el misterio, argumentando que justamente esa carencia de evidencias destabapa la cortina de humo que los americanos habían querido echar sobre el innegable hecho de que tras la Segunda Guerra Mundial se dedicaron a fabricar armas biológicas usando japoneses como mano de obra.

Y ahora vas y navegas.

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