LA SALA DE CINE, ESE INFIERNO

Hoy venía con la idea de hablar sobre alguna película, pero de repente esta tarde ha surgido una conversación y se me ha iluminado la bombilla, así que he pensado cambiar de tema, aunque, como es costumbre en mí, sigue estando relacionado con el cine. Dicha conversación trataba sobre si me gusta ir al cine solo o acompañado, a lo que he respondido rotundamente que como más me gusta es solo, y la cuestión es que cada vez que lo digo me miran con cara de ¿pero qué me estás contando?

La verdad, yo no veo tan raro el ir solo al cine, y menos teniendo en cuenta el panorama que existe con la gente, pero vamos a profundizar un poco en el meollo. Vamos a masticarlo.

En general puede decirse que no soy una persona especialmente sociable, y no porque sea tímido, que también, sino porque básicamente no me suele gustar demasiado la gente. Es duro, lo sé, pero también es cierto. Aunque a veces creo que el problema no radica en que realmente no me guste la gente, sino en que vivo en un lugar (un pueblo) habitado mayoritariamente por personas con las que no tengo absolutamente nada en común, ni en forma de pensar, ni en aficiones, ni en nada, y eso hace que, efectivamente, al menos aquí donde vivo me cueste bastante conectar con alguien.

Pero existe un momento concreto en el que puede decirse que odio al 99% de las personas, y es cuando se convierten en espectadores de cine, cuando cruzan la puerta de la sala.

Es ahora cuando entro en materia sobre por qué me gusta ir solito al cine.

El primer motivo es que me gusta ir a mi rollo, y me gusta estar en el cine media hora antes para comprar la entrada y las palomitas con tranquilidad, sabiendo que voy a llegar a tiempo de entrar en la sala, buscar mi butaca y ver los trailers. Algo tan sencillo, cuando voy acompañado se convierte en una tarea casi imposible, ya que las pocas personas que conozco interesadas en ir al cine tienen los huevos de plomo, es decir, les pesan, y en vez de sangre tienen horchata. ¿Resultado? Si la película empieza a las 17:30, ellos se presentan a las 17:25, y puede que si corres mucho llegues a tiempo, pero no es el plan que me gusta, ¿y cómo puedo hacerlo de la forma que me gusta? Yendo solo, maldita sea.

Luego, otro inconveniente de ir al cine con gente es que, por alguna razón que nunca entenderé, gusta mucho sentarse en la última fila, en todo lo alto de la sala. Tal es así que cuando voy a sacar la entrada, la taquillera da por hecho que quiero sentarme al fondo, preguntándome: Te pongo la última fila, ¿verdad? Pues no, señora, no. Si quisiera ver la película a esa distancia me quedaría en casa y la vería en la tele.

La cuestión es que cuando voy al cine acompañado siempre quieren sentarse al fondo de la sala, y como es mi opinión contra la de todos ellos, pues me tengo que conformar. O dicho de otra forma: cuando voy solo no tengo ese problema.

 

Solo, a mi bola y a disfrutar de la peli

Solo, a mi bola y a disfrutar de la peli

Y bueno, también están los demás espectadores, esos que no me acompañan pero comparten la sala conmigo. Sí, lo habéis adivinado, ¡tampoco me gustan! Bueno, vale, a veces te toca gente calladita y educada, pero normalmente son un coñazo o directamente manadas de niñatos asilvestrados a los que lo mismo les da estar en el cine que en el botellón, ya que van a comportarse de igual forma. Es por esta razón por la que siempre que puedo voy al cine entre semana y a la primera sesión, porque es ahí cuando existen más posibilidades de estar prácticamente solo en la sala.

No sólo molestan los rebaños de adolescentes agilipollados con complejo de cómicos (chavales, en serio, vuestros comentarios jocosos en voz alta incordian y, aunque no lo creáis, no tenéis puta gracia), sino también muchos, muchos adultos. Por ejemplo los que se llevan a sus hijos al cine… Lo siento, pero si tienes un hijo pequeño deberían prohibirte entrar al cine. Todos hemos pagado 8€ por la entrada, y lo hemos hecho para ver tranquilamente la película, no para escuchar los graznidos de tu vástago ni para verlo corretear escaleras arriba y abajo mientras grita y hace el ganso. Si tienes un hijo pequeño no vayas al cine, porque aunque quieras no lo vas a poder controlar (algo comprensible tratándose de un crío pequeño, sí, pero los demás no tenemos por qué pagar el pato), y si tienes un hijo más mayorcito que te mangonea y al que eres incapaz de mantener a raya porque te falta carácter y, en general, eres un timo de madre o padre sin interés por la educación de tu retoño… pues tampoco vayas al cine, tío mierda.

¿Y qué me decís de los grupitos de amigas que van a ver películas de terror para pasarse todo el tiempo con la cara tapada con las manos y chillando como urracas?

A lo primero: Si no te consideras capaz de ver una película de terror, pues no vayas. ¿De verdad te compensa pagar la entrada para estar hora y media con las manos en la cara sin ver nada? No sé, chica, piénsalo.

A lo segundo: Esto es lo que realmente me molesta de estos grupos de chicas, los chillidos exagerados en innecesarios. Yo he pasado miedo con algunas películas de terror y en absoluto me he puesto a gritar como un imbécil, y la verdad, creo que si yo he podido hacerlo ellas también podrían. No sabéis lo molesto que resulta, ya que después del chillido viene la no menos molesta risotada nerviosa.

 

Este ser demoniaco debería tener prohibida la entrada a los cines

Este ser demoniaco debería tener prohibida la entrada a los cines

La cuestión es que, con los años, la gente se está volviendo más molesta aún. Antes sólo tenías que lidiar (como si fuese poco) con aquellos que se pasaban la película diciendo tonterías, hablando en voz alta o dejando que el tostón de su hijo incordiase al resto de espectadores, pero la vida evoluciona, y las formas de dar por saco también. Sí, me refiero a los móviles. ¿De verdad hay gente que paga una entrada de cine para pasarse media película mirando el móvil cada diez minutos? Es doblemente molesto por dos razones:

1-Te pasas toda la película mordiéndote la lengua y con ganas de levantarte para preguntarle al individuo en cuestión: amigo, ¿eres tonto?

2-Cada vez que el endogámico decide encender la pantalla del móvil en la oscuridad de la sala, resulta tan molesto como que te pase un cometa a cinco centímetros de los ojos.

¿Tanto cuesta estar dos horas sin prestarle atención al móvil? ¿Tan interesante es lo que hay dentro de ese aparatito? ¿Estás… enfermo? Admito que yo soy un poco dinosaurio para estas cosas (ni tengo ni quiero ni necesito WhatsApp, así que imaginad), pero aún así hasta los más tecnológicamente activos deberían admitir que la obsesión que actualmente existe con los móviles es, ni más ni menos, enfermiza. No sé si os pasa a vosotros, pero cuando veo a un grupo de amigos en una cafetería o en la calle sin hablar porque cada uno de ellos está con la mirada clavada en el móvil, siento una mezcla entre pena, asco y ganas de explicarles, muy amablemente y con cariño, lo rematadamente zumbados que están sin ser conscientes de ello.

 

Calladitas estáis más guapas....

Calladitas estáis más guapas….

Después de este infierno terrenal que he narrado imagino que muchos os preguntaréis de qué demonios se sorprenden aquellos a los que les comento que me gusta ir solo al cine y a esas horas en las que menos personas hay en la sala. Sí, a muchos les resulta extraño eso, y otros, más cercanos a mi forma de ver las cosas, lo que se preguntan es cómo es posible que pese a la cantidad de maleducados y gilipollas que se meten en una sala, yo siga yendo semana tras semana al cine aun sabiendo a lo que me expongo.

Yo también me hago esa pregunta, no os voy a engañar, pero creo que la respuesta es simple: el cine me gusta más que la gente.

Anuncios