PESCADO ASADO (Relato)

Jargo+pimi+rojos+2+reducida

Levantó la tapa y allí estaba el ojo. Lo miró desde su cama de verduras asadas, el ojo del pez lo miraba lechoso y acusador.

Otra vez pescado se dijo y se dirigió hacia el microondas para calentarse la cena.
Sus pasos resonaron sobre el suelo de gres en la sala vacía. Las mesas baratas de contrachapado blanco y las sillas de plástico azul no hacían especialmente acogedor aquel comedero, como a él le gustaba llamarlo, pero lo que realmente le hacía sentirse incomodo era la soledad. Comer solo era algo que detestaba desde lo más profundo de su corazón, pero el turno de noche tenia estas cosas.

Abrió la puerta e introdujo el tuper en el microondas, por un instante su mirada se volvió a cruzar con la del pescado.

Allí estaba sobre su lecho de cebollas, tomates y pimientos tan fríos como él, con su ojo muerto y blanco, mirándole, yaciendo inmóvil, esperando a ser devorado.

Cerró la puerta y giró el mando de temperatura poniéndolo al máximo, luego seleccionó 3 minutos y la maquina comenzó a funcionar haciendo girar la fiambrera con el murmullo de ventilador.

¡Ding! La campanita sonó advirtiendo que los tres minutos habían terminado. Abrió la puerta y un aroma cálido a pescado asado le acaricio las pituitarias.

Al principio pensó que podría llegar a la mesa pero el calor absorbido por el plástico de la fiambrera comenzó a morderle las yemas de los dedos. La grasa chisporroteaba entre las verduras y el pez parecía burlarse de él, no tuvo más remedio que agacharse y soltar precipitadamente la tartera en el suelo, mientras se chupaba los dedos abrasados y maldecía en voz alta.

Después de unos instantes recogió del suelo el tuper y lo llevó a la mesa más cercana, con las puntas de los dedos aún latiéndole de dolor. Se sentó y se dispuso a dar cuenta del maldito pescado asado. De una bolsa de deportes sacó unos cubiertos envueltos en una servilleta de papel, que su mujer le había preparado, además de una botella de plástico de medio litro de agua mineral rellena agua corriente y un yogurt de sabor limón para completar el festín.

Miró al pescado y en la cara se le dibujo una sonrisa, ahora me toca reír a mí. Debía de estar volviéndose loco jajajajajajaja le estaba hablando a la comida; pensó.

Loco o no, no podía dejar de mirar aquella bolita blanca en la que se había transformado el ojo de aquel maldito pez. Tomo el cuchillo y el tenedor cual cirujano seccionó de un solo corte, la cabeza, luego la ensartó con el tenedor y con un gesto de desprecio la arrojó en una bolsa de plástico que hacia las veces de basurero, de la que luego se desharía, no iba aguardar los desperdicios de su comida otra vez en la tartera, pues cuando llegara a la mañana siguiente a casa aquello hedería como mil demonios o como uno sólo. Aquel pensamiento le hizo volver a reír pero esta vez la carcajada rompió la quietud del comedor sobresaltándolo, como cuando tus propios ronquidos te despiertan en medio de una cabezada frente al televisor.

El olor de la comida le hacía salivar, después de todo aquel desgraciado aún recalentado debía de estar delicioso. Separó cuidadosamente un trozo de carne y añadió a la carga del tenedor toda la guarnición que fue capaz y lo introdujo en su boca; tanta tontería le había abierto el apetito. Efectivamente la lengua le envió un mensaje lleno de sensaciones maravillosas, el dulce de las verduras asadas que habían caramelizado sus azucares y la firmeza de la carne blanca del pescado con ese sabor que sólo los pescados de roca podían tener. Tragó el bocado y se dispuso a tomar otro. sintió el frenesí del apetito y como desde su cerebro la orden llegaba alta y clara, quería más comida y la quería ya.

Apartó la mirada por un instante buscando la botella de agua. Allí estaba la cabeza mutilada del pez, otra vez, mirándole desde el fondo de la bolsa de plástico blanca con el logo de una panadería de barrio. Había perdido un ojo, pero el otro permanecía en su sitio apuntándole y con esa boca medio abierta como si acabara de salir del mar e intentara de forma desesperada respirar aire. Le dio un manotazo apartando esa desagradable visión. Normalmente hubiera rebañado la cabeza pues era una de sus partes favoritas pero aquella cabeza, aquellos ojos tenían, eran tan… Agarró la botella y le dio un largo trago, no usaba vaso; era una de las pocas ventajas de comer solo, saltarse aquellas pequeñas normas como vasos o el uso de los cubiertos o lo referente a eructos.

Volvió a introducir el tenedor colmado de comida en la boca, otro par o tres de ataques más y sólo quedaría la raspa. Fue entonces cuando lo notó.

Primero fue como un leve cosquilleo que le hizo carraspear, una vez , luego otra. Tenia algo en la garganta, algo que no le dejaba respirar, escupió la comida en un intento de conseguir más aire, nada. El pánico comenzó a adueñarse de él. Intentó controlarlo y asió la botella y bebió en un intento fútil de liberar aquello que le impedía respirar con normalidad. Fue como añadir gasolina a un fuego. El agua tomó el camino equivocado debido a que la espina impedía cerrarse a la epiglotis. Una arcada le sobrevino, su cuerpo intentaba expulsar el agua y los restos de comida que habían ido a parar a la tráquea y a los bronquios. Su pecho era un fuelle, una gaita rota que emitía hipidos y silbidos de desesperación . Los ojos se le inyectaron en sangre. Aquello era serio, muy serio. Ahora era él, el que parecía un pez intentando respirar , los ojos a punto de salirse de sus las orbitas y la boca abierta en una mueca de terror. Se llevó las manos a la garganta y se levantó de un salto en un acto tan reflejo como inútil haciendo saltar la mesa por los aires. Tenía que buscar ayuda, pero su compañero estaba una planta más arriba una distancia que le parecía insalvable. El walkie talkie, el walkie era su única salvación, su cerebro quemaba glucosa a una velocidad que no se podía permitir con el poco oxigeno que llegaba. Echó la mano al cinto. Pulsó, pero las palabras no salían de su boca, al otro lado su compañero sólo oyó al ruido blanco que precedió al negro que poco a poco ascendió del azul de su cara. Cayó desplomado como un árbol talado sobre el suelo de gres blanco lechoso. Prácticamente el mismo color del ojo de aquella cabeza de pescado asado, que le mirada con la boca abierta desde el fondo de una bolsa de plástico, con el logo de una panadería de barrio.

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