EL FRANCOTIRADOR

sniper_wallpaper_by_xavur-d35j8rtSiempre se sentaba en el mismo punto de la meseta a contemplar la ciudad, debajo de aquel roble extraordinario que, seguro, era varias veces centenario. Apoyaba la espalda en su magnifico tronco y mientras fumaba un cigarro tras otro imaginaba las miles de vidas que veía a sus pies, tan pequeñas como hormigas o simples puntitos. Hoy, precisamente, era el ocaso. Las luces de la ciudad empezaban a despertar tímidamente, mientras la del Sol se iba apagando alargando las sombras de los edificios. Era el mejor momento para contemplarla… Pronto se iría la luz y entraría en el anonimato que da la oscuridad. Ese era el momento que esperaba.

Con el último rayo de Sol sacó el rifle para ponerle la mira telescópica que era casi tan grande como él. Se apostó boca abajo al borde de la meseta, encajó la culata en su hombro y calibró la mira.

Hoy no estaba de buen humor, así que había decidido realizar solo cinco disparos. Para que el juego fuera mas interesante a ninguna mujer rubia, ni ningún hombre negro.

Sonrió. Sí, si ponía reglas su humor mejoraba.

En la calle principal una anciana que paseaba con su marido, un chaval que se dirigía corriendo a casa, una mujer de negocios (morena) que volvía de una reunión, un hombre (blanco) que comía un helado y un deportista que corría con su chandal, cayeron abatidos en diez segundos.

Sabía que estaba volviendo loca a la policía y eso le hacía sentir feliz. Se quedaría mirando un rato cómo llegaban los coches patrulla y se formaba el revuelo. Lo único que le molestaba era no poder escuchar los gritos de terror de la gente que veía la escena. Los veía a través de la mira correr a refugiarse donde podían con las bocas abiertas en ese grito de espanto y esos ojos llenos de terror, pero no podía oírlos. Si pudiera acercarse un poco más… Pero esta “afición” no era perfecta. Ya se regocijaba imaginándolos, era lo que le quedaba.

gente-activa-en-un-parque-10780367No podía quedarse mucho tiempo más, la policía ya había llegado a “la escena del crimen” (ja ja ja, que frase tan graciosa) y empezarían a buscar lugares donde poder localizar al francotirador. Ya había ocurrido muchas veces, no pensaban en ningún momento en su meseta, la descartaban por estar lejísimos, según ellos. No pensaban que él era un virtuoso del rifle y que si quisiera podría hacerlo desde más lejos. Pero era un romántico y le gustaba aquel roble. Ellos que buscaran en los edificios colindantes mientras él recogía su herramienta de trabajo y volvía a la ciudad tranquilamente. Seguramente pasaría por allí con el coche reduciendo la marcha, fingiría cara de espanto y cenaría en casa viendo las noticias.

¿Cuándo volvería a actuar? Nunca lo sabía con seguridad. La última vez fue hace dos meses, pero entre ésa y la anterior sólo habían pasado dos semanas. Cualquier mañana se levantaría con el instinto cazador despierto y esperaría a que llegara la noche, o si le apremiaba mucho lo haría a medio día (como la cuarta vez), cuando la gente sale de trabajar y la ciudad es un caos.

Con tranquilidad, desmontó el rifle, lo guardo en su maletín y lo escondió en el doble fondo del asiento de atrás de su coche. Se subió en él y descendió la meseta con calma en dirección a su casa.

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