IDEAS QUE NO SE ENTIENDEN (Ensayo sobre ¿Quien tiene la culpa de que cobre esta mierda?)

Parece que la idea de “estado de bienestar” es el fin que nuestra generación ha perseguido: tener un trabajo digno, que no te quite demasiadas horas, que te permita desarrollarte profesionalmente y que te permita una calidad de vida adecuada, con educación, sanidad, tus viajes, tu ropita y tus caprichos. Esa es la forma de vivir que hemos conocido como aquello a lo que aspiramos. Podríamos denominarlo como “el sueño americano” pero a la europea.

Y sí, dentro de esa idea de “mundo ideal” razonablemente tangible, entendemos que, con sus pequeños desajustes, todo el mundo ha de tener la misma situación de bienestar. Ese es al menos el pensamiento que tenemos, sin quizás hacernos demasiadas preguntas o entrar en detalles.

Lo que no asumimos es que el estado del bienestar, tal y como lo conocemos, se ha cimentado sobre la desigualdad. Al principio no veíamos esa desigualdad, esa fue nuestra excusa. Desde bien pequeños, el grueso de productos que comprábamos venía de Taiwán, China o de a saber dónde, y a nosotros nos parecía algo normal. En contadas excepciones se hablaba de niños explotados en las fábricas de zapatillas Nike, por ejemplo. Pero bueno, esos momentos de excepcional lucidez se iban como habían venido, sin que por ello nadie dejara de comprarse las zapatillas del bumerang.

Pero ahora sí lo vemos. Ya sabemos qué pasa en esas fábricas de textil que se desploman. Ya sabemos que los que ensamblan nuestros móviles están presos en sus puestos de trabajo para evitar que se suiciden porque no resisten más, porque prefieren morir a resistir como “no vivos”. Sabemos que medio planeta se encuentra en estado de semi esclavitud (dejemos el “semi” para que no se nos tilde de alarmistas) para que nosotros gocemos de las últimas tendencias de la moda a precios asequibles, o pequeños ordenadores de mano que nos controlan la vida.

Y ahora que ya lo tenemos claro, ahora que sabemos cuánto cuesta nuestro precioso estado de bienestar, obviamos esta injusticia de igual manera. Si hace años lo tomábamos como pequeños bulos que aparecían por temporadas, ahora lo asumimos como leves instantes de lucidez que apartamos de nuestras mentes tan pronto podemos. El estado de bienestar no se puede parar por unos enturbiados pensamientos. Que la fiesta no decaiga.

Y de esta manera los años van pasando. Nuestro castillo de arena del bienestar crece, aparentemente sólido, hasta que la globalización, esa fórmula maravillosa que hace que todo sea posible, aparece como una ola para tumbar nuestro castillo, que al final hemos descubierto débil y abocado al colapso.

Hubo un momento en el que la mano de obra se convirtió en lo más caro para cualquier negocio. De esa manera, alguien hizo cuentas y se percató de que era mejor producir con mano de obra barata, aunque después los productos tuvieran que cruzar medio planeta hasta llegar a nuestras manos. Así, productos de ultramar empezaron a competir con las fabricaciones autóctonas. Los productos del primer mundo eran un poco más caros, pero de mucha más calidad, más duraderos y fiables. Y los de los países en vías de desarrollo eran poco fiables, de baja calidad pero más económicos. Y uno conjugaba la compra entre las cosas que realmente te importaban, en las que invertías un poco más, y los cacharros baratitos cuya durabilidad o garantía poco te importaba.

Pero las cosas siguieron evolucionando y de repente lo que era un poco más barato se convirtió en mucho más barato. Y lo que se suponía mucho más fiable dejó de serlo, gracias a que su obsolescencia estaba programada.

Los consumidores, únicos jueces que podrían darle importancia a la calidad del producto, o a su sostenibilidad, o al estado de bienestar de los que los creaban, le damos importancia al precio. Fin. Procuramos no pensar en las condiciones en que se fabricará un mueble para que cueste veinte euros, y nos centramos más bien en que, por veinte euros, por malo que sea el mueble, cuando se rompa ya compraremos otro con otros veinte euros. Hasta la industria alimenticia sufre esta competencia, por la que resulta más atractivo para el mercado lo que se siembra en Sudamérica que los productos de la huerta murciana. Nos alimentamos a bajo precio sin pensar en el sabor, en la calidad o en que el que te siembra las verduras merece un precio justo por ella.

Y de repente desaparece la distinción entre producciones sostenibles y de calidad y el “todo vale. De repente lo único que queda es la competitividad, el precio. Las ventajas de lo que se produce con coherencia pierden interés frente a lo barato que es la producción insostenible. Así que lo único que queda es que todos nos volvamos insostenibles. Hay que competir con todo ese aluvión de cosas baratas, así que hagámonos todos baratos.

Y eso ¿cómo casa con el estado de bienestar ese que tenemos? Pues no casa. Recordemos que “los de aquí” somos nosotros, esos que vivíamos en un mundo súper chulo en el que trabajabas en algo que te realizaba y te remuneraban en justicia para vivir bien. Pero chico, si lo que queremos son precios bajos, tendremos que producir a precios bajos. Y para eso, lo más eficaz es bajar el coste de mano de obra. A nivel empresarial, me cuadra perfectamente el término “contener el coste de la mano de obra”. Pero es que yo soy una persona, no una empresa, y lo que no termino de comprender es que ese término significa “que me bajen el sueldo”.

Claro que no quiero que me bajen el sueldo, y no estoy nada de acuerdo con esos que merman mis derechos, con esos que derriban de un plumazo mi estado del bienestar. ¿Y quiénes son “esos”? Esos soy yo. Con mis muebles de Ikea, mi teléfono diseñado en Silicon Valley y ensamblado en otro valle mucho más lejano, mi ropa tejida en cárceles de suicidas, mis incesantes compras de temporada y mi actitud de “cuando se rompa ya me haré con otro. Los que redactan las leyes son los gobiernos. Pero el que las dicta soy yo.

El productor español debe ser tan competitivo como el asiático. La seguridad de los productos, su calidad, utilidad y durabilidad no importan. Tan solo el precio. Así que, en lugar de igualar las producciones por los estándares del mejor, las igualamos por el precio del más barato. Y si queremos el precio del más barato, todo lo demás se tiene que desplomar. Incluido el sueldo justo. Incluido tu sueldo. Incluyéndote a ti.

Si sabías cómo hacer las cosas bien, resetea y aprende a hacerlas baratas. Poco te van a pagar por ellas. Si así lo vas a pasar mal, piensa ahora en lo poco que te importaba cuando el que lo pasaba mal era otro.

Lo único que nos hace recordar lo mal que lo está pasando medio mundo es que esos son los estándares que se están estableciendo para todos. Cualquier trabajador del primer mundo ve cómo se mide su rendimiento y su coste comparándolo con un semi esclavo. Así que no renta en absoluto. Así que su estado de bienestar empieza a hacer aguas, ya que su trabajo empieza a no permitirle que se realice como persona, empieza a dejar de cubrir sus necesidades y nos hace sentirnos como esclavos. Y eso que no estamos ni de lejos en la situación de otros muchos trabajadores. Situación lastimosa que hemos alimentado nosotros mismos durante décadas.

Pero insisto, esto no lo ha programado ningún gobierno tirano. Esto nos lo provocamos nosotros mismos. Sólo un uso razonable del estado de bienestar que estábamos consiguiendo habría hecho que fuese sostenible. Si ese bienestar se cimienta sobre el malestar de otros, solo tendrá que pasar el tiempo para que los que estemos mal seamos nosotros.

Está mal que los gobiernos mermen nuestros derechos. Es injusto que nos roben todo aquello por lo que hemos luchado siempre. Pero debemos ser conscientes de que el camino hacia la resolución de los conflictos globales pasa por la pérdida del estado de bienestar tal y como lo conocemos. Si queremos ser justos con los países oprimidos, si queremos que en todo el mundo se respeten los derechos de los trabajadores, si queremos que todos los niños del mundo tengan derecho a una educación, si queremos conseguir que todas las personas tengan derecho a vivir en paz, si queremos todas esas cosas, tenemos que estar dispuestos a perder, a acotar muchísimo lo que sí nos podemos permitir de lo que no. Vamos a perder el derecho a comer lo que nos dé la gana cuando nos dé la gana. Vamos a perder el derecho a tener una vivienda en propiedad, o a vivir en un piso con toda la superficie que podamos pagar, o a tener un vehículo propio, o a vivir con esa falsa sensación de seguridad y control que tenemos. Vamos a perder el hecho de que no puedan existir conflictos entre nuestros vecinos; vamos a perder la premisa de que “yo tengo razón porque yo estaba aquí primero; vamos a perder el derecho a anteponer nuestras costumbres a las costumbres de los extraños. Vamos a perder el derecho a muebles a precios razonables, ropas a precio razonable. Ya no va a volver a ganar la pereza a la hora de hacer las cosas que necesitamos hacer… son infinitos los detalles que deben cambiar porque esos pequeños detalles son los que han creado los grandes problemas, por mucho que no lo queramos admitir, por mucho que sea complicado ver la relación directa entre una cosa y otra.

Así que no tenemos la más mínima intención de cambiarlo porque ninguno nos paramos a pensar en cuán importante es que exista justicia social a nivel global, y cuán pueriles son los argumentos que provocan la desigualdad. Tiene muy mala prensa el hecho de que tengamos que perder mucho para que todos ganemos un poco. Porque esta sociedad de personas inmaduras no está preparada para pensamientos mínimamente elaborados, de los que dicen que hay que invertir una cantidad importante de bienes para conseguir muchísimo más en beneficios intangibles, que no son directamente para nosotros, sino para beneficio de nuestra especie, de nuestro ecosistema o de la vida tal y como la hemos conocido. Es grande el esfuerzo que hay que hacer, ¡pero estamos hablando de la vida! ¿No vale la vida la pena? Lo que a día de hoy respondemos inconscientemente es “la única vida que vale la pena es la mía hoy” Y no nos damos ni cuenta de las cantidades de vidas que exterminamos por nuestra vida de hoy.

Es tan enrevesado este discurso que la mayoría de la gente no somos capaces de asimilarlo. La mitad de nosotros no queremos entender el discurso. Y otra buena parte lo trata de entender, pero lo lleva mal a cabo. Y los que lo siguen a rajatabla se ven completamente aislados ante una tan apabullante masa que no entiende nada. Se desvanecen como lágrimas en la lluvia (qué alegría poder plagiar frases tan hermosas…)

Es tan enrevesado este discurso, que cualquiera que aporte ideas más básicas lo tumbará de inmediato. Es imposible que este discurso venza ante ideas sencillas, simples y claras. Si comparas dos ideas, no hay color. Trata de asumir primero esta idea: “invierte buena parte de todo lo que te hace feliz para que el mundo sea mejor y la vida continúe”. Complicado, difuso, enrevesado, ¿verdad? Vale, pues ahora compárala con esta: “Que nadie te quite lo tuyo” o con “Tus derechos van primeroAplastantemente sencillo, directo, asimilable. Cómo no van a vencer los radicalismos, con lo sencillos que son sus discursos, y lo enrevesados de otras ideas. Y lo que es aún peor, no somos capaces de disociar a las ideas de las personas. Atamos un pensamiento a la imagen del que la expone, de manera que la idea solo va a perdurar mientras que esa persona perdure. Y cuando esa persona se corrompe, la idea se convierte en humo. Y como el ser humano se corrompe por naturaleza, ninguna idea un poco más profunda perdura. Si alguien intenta convencerte de que no compres comida basura porque es mala para tu salud, esa comida solo será mala mientras que no le veas comiéndola. El día en que le pilles con un producto de Mcdonald’s entre las manos, no es solo que esa persona será una hipócrita, sino que todo lo que te haya dicho se convertirá en mentira.

Por otra parte, las básicas ideas de los fascismos radicales se anclan también a una persona, pero esa persona soy yo. Una frase como “Que nadie te quite lo tuyo” habla sobre mí, y como yo soy incorruptible para mí mismo, esa idea perdurará toda mi vida.

Claro que es atractiva la idea de “que nadie me quite lo mío”, mucho más que la idea de “invierte tu erróneo modelo de felicidad para que ciertas cosas mejoren, no necesariamente para ti, no necesariamente a corto plazo”. A ver qué experto publicista hace que la segunda prevalezca ante la primera. Por mucho que la primera sea puro fascismo y la segunda sea la única manera de salvarnos.

Por: Jesus Pérez Aloe

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