NUESTRA MENTE CUÁNTICA

Es casi mágico el pensar que absolutamente todo lo que nos ocurre día a día está envuelto por esa energía de la que nos hablaban las antiguas culturas; nuestras enfermedades, los grandes sucesos que nos marcan, esas aparentes coincidencias o incluso el compartir tu vida con una persona u otra. Está comprobado científicamente que el mundo que nos rodea es el reflejo de nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras creencias y oraciones. El físico John Wheeler habló sobre este concepto en alguna de sus entrevistas; vivimos en un “universo participatorio y no en un mundo previamente diseñado e inamovible. El universo es el resultado de todas nuestras acciones en conjunto, todos aportamos. Es un concepto radical pues cada vez que observamos el átomo estamos ejecutando esa conciencia creadora y desencadena la posibilidad de que aparezca algo más que podamos ver. A niveles mayores pasaría lo mismo con el universo, siempre queremos ver el límite pero nunca lo encontramos, ya que la acción de la conciencia que busca es la fuerza creadora que pone algo en su lugar.

Años atrás, varios experimentos realizados en instituciones académicas sugirieron que estamos conectados a través de un campo de energía. No es un concepto nuevo, ya que a finales de 1800 hubo una revolución espiritual y se generó un gran debate sobre la existencia de este campo o no; lo llamaban campo etérico. En 1887 se realizó un experimento para demostrar la existencia del mismo (Michelson-Morley Interferometer Experiment to detect the aether (1887)). Se determinó que todo lo que pasa en el mundo está aislado y son coincidencias. Un equivalente a este experimento sería salir a la calle y si no llueve, se llega a la conclusión de que la lluvia no existe. Ellos creían que ese campo tendría que tener movimiento y como no lo detectaron para ellos no existía.

Desde 1887 hasta 1990 toda la ciencia se basó en que lo que ocurre en un lugar no afecta a otro, pero hoy día ya se ha comprobado que eso no es cierto. Hubo tres experimentos que tumbaron estas creencias. El primero lo llevó a cabo el físico Vladimir Poponin a comienzos de los 90. Quería ver la relación entre el ADN humano y los fotones. Vaciaron un tubo de vidrio de aire quedando así pequeñas partículas de luz (fotones). Se estudió su distribución y como era de esperar vieron que era aleatoria. En la siguiente fase metieron dentro del tubo ADN humano y volvieron a medir los fotones; estos adoptaron una forma similar a la cadena del ADN, es decir, el ADN afectaba directamente a los fotones. Así que retomando las antiguas tradiciones podemos decir que algo dentro tiene un efecto sobre el mundo que nos rodea. En la tercera fase del experimento revolvieron los fotones y ellos esperaban que quedaran de nuevo con una distribución aleatoria pero estos siguieron alineados incluso sin tener dentro el ADN. Lo denominaronADN fantasma. Este experimento demostró que nuestro ADN se comunica con las partículas que conforman nuestro mundo.

Hubo otro experimento militar en el que tomaron ADN humano de un trocito de piel de la boca de un donante. Luego pusieron ese ADN en un dispositivo que permitía medir los efectos estando en una habitación del edificio mientras el donante estaba en otra. Se prosiguió a exponer al donante a diferentes estímulos emocionales (ira, odio, alegría, tristeza, amor, etc.) y pudieron comprobar que los picos emocionales que registraba el donante en una habitación también los registraba el ADN con los mismos valores al mismo tiempo. En este tipo de experimentos se piensa que la energía se traslada del punto “A” al punto “B” y lo que se espera es que haya un cierto retardo entre las emociones del donante y la reacción del ADN, pero lo curioso es que no ocurre así. El efecto es simultáneo. La primera vez que se llevó a cabo este experimento se hizo a una separación de 20 km pero la segunda a cientos de km y el resultado seguía siendo el mismo, la reacción del ADN seguía siendo simultánea. Esto nos da como conclusión que estamos conectados a nuestro ADN ya esté aun en nuestro cuerpo o separado por cientos de km. A esto se le llama “energía no-local” que está presente en todo momento y en todo lugar.

El tercer experimento se realizó a principios de los 90 por el instituto de Heartmath, una organización localizada en California. Estudiaron el corazón como algo más que un músculo bombeador de sangre. Descubrieron que es el campo magnético más grande de nuestro cuerpo y el campo electromagnético que produce va más allá de nuestro cuerpo físico. Ya se había descubierto anteriormente que de él emana un campo energético toroide. Lo que se hizo en este experimento fue tomar ADN humano, lo aislaron y entrenaron a los participantes para que tuvieran emociones bien definidas de rabia, amor, odio, miedo, alegría, etc. Midieron el ADN frente a estas emociones y vieron que con emociones de aprecio, amor, compasión y demás, el ADN se volvía muy “relajado” o “expandido”. Ya se sabe por estudios anteriores que esa “relajación” del ADN fortalece el sistema inmunológico. Cuando el ADN está relajado permite que se activen más secciones que lo componen, a modo de interruptores. Cuando experimentamos emociones de rabia, odio, ira, miedo, etc., ocurre justamente lo contrario; el ADN se “comprime” y no permite que esos “interruptores” se activen para que se pueda estimular el sistema inmunológico. Por lo tanto las personas que viven en estados de celos, ira y demás debilitan esas zonas. Este experimento nos demuestra que las emociones tienen el poder de cambiar la forma de nuestro ADN.

Podemos ir sacando en conclusión del primer experimento que el ADN tiene un efecto directo sobre los objetos físicos que componen nuestro mundo a nivel energético. En el tercero sacamos en conclusión que las emociones humanas tienen la habilidad de cambiar nuestro ADN, teniendo un efecto en el mundo que nos rodea. Y del segundo experimento vemos que da igual que estemos en el mismo edificio o a 700 km, los resultados serán los mismos y que no estamos atados ni por el espacio ni por el tiempo. No estamos atados a las leyes de la física en el modo en el que la entendemos en la actualidad, sino que nuestras emociones, pensamientos, creencias y oraciones pueden transcender el límite del tiempo y del espacio.

Hablemos ahora de nuestros pensamientos, los cuales controlan nuestra biología. De la misma forma que se da el efecto placebo tras pensamientos positivos también podemos tener el pensamiento nocivo y dar el resultado totalmente opuesto al placebo. Nuestras células enferman cuando están en un entorno nocivo pero si las cambias de entorno tienen la facultad de sanarse. Los humanos somos una comunidad de cincuenta trillones de células, por lo tanto la célula es el ser viviente y la persona una comunidad. El entorno celular es la sangre y la composición de esta cambia el destino de la célula. Esta sangre es controlada por el sistema nervioso que crea una química diferente según el sistema exterior. La medicina culpa a la célula de la enfermedad y tratan de cambiar su química pero el problema no es ese sino el entorno. Si cambias a la persona de entorno el cerebro cambia la química, el cerebro de la célula y de la persona leen e interpretan el entorno. Podríamos pensar que en un entorno sano nos curaríamos inmediatamente pero no es así de fácil ya que la mente puede interpretar ese entorno como nocivo desencadenando una química que haga al cuerpo enfermar. La diferencia es que la célula lee el entorno directamente y la mente de la persona lo interpreta. Esto nos lleva a entender cómo funciona el efecto placebo. Si yo tomo una píldora e interpreto que me va a curar, la química que se generará hará exactamente eso. La mente es la que controla, si vemos a alguien a quien amamos, nuestra mente segregará dopamina, oxitocina, etc. Este tipo de química trae salud a las células, ese es el motivo por el que las personas que se enamoran se sienten tan bien y tan vitales. Por el contrario si veo algo que nos da miedo segregaremos las hormonas del estrés las cuales frenan el crecimiento del cuerpo. Por ejemplo, si nos persigue un animal salvaje necesitaremos toda la energía para escaparnos y el organismo apaga todo lo que no sea imprescindible. Estos estados son muy peligrosos porque cada día mueren cientos de billones de células y se producen otras tantas. El sistema digestivo las renueva cada tres días. En prolongados estados de estrés nos afectaría directamente al sistema digestivo. El sistema inmunitario usa mucha energía cuando se está enfermo y las hormonas del estrés hace que se cierre todo, por lo tanto nos sentimos muy cansados. En resumidas, estas hormonas del estrés apagan el sistema inmunitario. Ante este cuadro de estrés cualquier bacteria o virus puede atacarnos. La medicina alopática utiliza esto en trasplantes para que no se rechace el órgano nuevo, dan hormonas del estrés para que se apague el sistema inmunitario y lo acepte.

La medicina de hoy en día es cuestionable porque no saben el funcionamiento exacto de las células y además se basan en la física de Newton, no reconoce la energía, las señales electromagnéticas. A principios del S. XX con la aparición de la física cuántica ya se le empezó a dar otro enfoque. Dentro de un átomo hay electrones, protones y neutrones y, por supuesto, energía. La ciencia más reciente dice que el cuerpo responde a la física cuántica y no a la newtoniana; la medicina dice que quiere cambiar la química del organismo con drogas legales y la nueva medicina alega que hay que cambiar la energía. Esta nueva medicina, la cuántica, es mucho más poderosa porque responde primero el campo energético que el físico y todo esto enlaza con la física cuántica. Ya que todo es energía, nuestra mente también. Cuando piensas se transmite energía y los pensamientos son más poderosos que la química, algo que las farmacéuticas no quieren que se sepa. No les interesa una conexión entre la mente y el cuerpo, pero es obvio que las propias creencias se convierten en un campo energético, una transmisión, y ésta se transforma en una señal que es capaz de modificar el organismo. Este es el mecanismo de sanación que siempre se utilizó antes de desarrollarse la medicina moderna.

Es la mente quien realmente tiene el poder es el subconsciente, de ahí que sea tan difícil cambiar hábitos de pensamiento ya que es millones de veces más poderoso y más importante que la mente consciente. Utilizamos el subconsciente el 95% del tiempo y no lo podemos controlar, pero si reprogramar. La programación del subconsciente se programa en los primeros seis años de vida y cada vez es más evidente que muchas de las enfermedades que tenemos de adultos son programaciones que se hicieron en los primeros años de vida.

Toda esta información que se acaba de exponer es parte de la base científica en la que se está basando el positivismo moderno, pero que ya eran conocimientos que se tenían desde hace milenios y se perdieron en ciertos momentos de la historia; en su mayoría conocimientos orientales. Todo esto nos demuestra lo importante que es para nuestra integridad física el tener una buena “educación mental”, el ser capaz de apartarnos de estados mentales nocivos y destructivos y de posicionarnos en el enfoque positivo. Además hay que añadir las numerosísimas investigaciones en las que se demuestra que la mente modifica la materia. La famosísima Ley de Atracción también tiene sus bases en todos estos conocimientos. Tenemos que ser conscientes que tenemos el arma más poderosa de la naturaleza a nuestra disposición, nuestra mente, la cual nos puede llevar a lo más alto o destruirnos por completo.

Por: Bibi Klein

 

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